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martes, 3 de junio de 2014

Glándula de mentira

Movió los párpados superiores hacia abajo para que chocaran con los inferiores. Los globos oculares descansaron por un segundo, inmersos en el negro que llevaban los neurotransmisores desde los fotorreceptores al cerebro, mientras que en algún lugar de la corteza seguía buscándose un movimiento, una hormona, algo que aliviara ese dolor que lo acometía entre el silencio absoluto del consultorio, opaco como una neurona polarizada.
A nivel de la boca, las glándulas salivales, permanecieron en reposo para dejar el espacio bucal lo más grande posible para que pase con más facilidad la mentira que estaba a punto de liberar al medio externo, como para protegerla, como otra forma infructuosa de liberarse de esta aflicción, como un método para que pase desapercibida una vez salida de la laringe y del resto del sistema fonador. Él rogaba que nadie la identificara, que no lo revelara la sustancia que salía por los poros, refrigerando la epidermis desde los pies hacia la frente.
Ahora ya era demasiado el tiempo que había mantenido separados el medio externo de la córnea; esta se dejó ver, aunque en la retina, sólo se proyectaba la luz desesperada de la lámpara colgante.
Y porque se habían acabado las ideas o las hormonas o los movimientos, o porque tal vez aún no conocía aquella glándula que debía segregarla, las cuerdas vocales soltaron las cuerdas y dejaron escapar a la mentira, pero esta no salió.
Sin embargo, algo había dicho. Sorprendido, abrió grandes los ojos. Las cuerdas vocales se miraron horrorizadas, y los neurotransmisores se desvanecieron, aunque siguió viviendo.
Sonriente, el psicoanalista le dio fin a la sesión.

jueves, 20 de marzo de 2014

El sol de la Tierra

¿Sabés no quejarte del ruido,
sin dejar de gritar?
¿Sabés qué te está sosteniendo
o eso está bajo tus pies?
¿Creés en la vida fuera del planeta
o le temés a la gravedad?
Y aunque no quieras,
yo también puedo hablar.
Lo lamento, yo también puedo hablar.
Y aunque decís que te suelo quemar,
podés fíjarte en dónde estás,
es que si el sol es de la Tierra,
yo solo puedo girar.
No importa cuánto te lastimen,
no importa cuánto te cueste,
de nada; pronto me llegará.

jueves, 8 de agosto de 2013

Frasco

Me paro, o lo intento, pero me detiene ver el pelo.
Otro pelo.
Absorto, solo apelo a mis recuerdos, casi negros. Años negros. Solo son ellos, pero no están en mi memoria, sino que los apilo en el frasco, cerca de mi sillón. Cerca.
Pararme. Falta poco. Falta tanto.
Y lo logro, y ahí voy. Y solo un paso, un pasito, y ahí está el frasco. Primero lo acaricio, con mis manos. Siento las rajaduras como arrugas en todo su vidrio.
No importa, allí está. Allí. Está. Lo tomo. Tomo el pelo. Lo dejo. Allí. Junto a los demás.
Y cierro el frasco, lleno de negro. Y tanto ha costado pararme, que siento el sudor rebalsar por toda mi cabeza. O eso creo. Es lo que me lleva a pasar mi mano por allí. Pero está completamente muda.
Ya no hay nada allí.
No aguanto, y abro el frasco y ahora solo basta con colocar uno por uno, sin importar dónde, sólo deben quedarse ahí, desparramados. Y al instante el frasco vacío. Y me repito.
No volverá a pasar.

Pero ahora, comienza a hablar el frasco, grita, gritan las rajaduras. Y de un destello, se parte en mil pedazos.

jueves, 4 de julio de 2013

Emesis

El grito agudo del lunes llegó acompañado de ese sabor amargo. Lentamente, se fue haciendo paso entre las papilas gustativas. Desencantadas por encontrarse nuevamente en presencia del latoso y vomitivo, estas últimas lo lanzaron a otras más zagueras. Y así, rozándolo hasta sentir un mínimo de ese gustito, las que no pudieron evitarlo lo arrojaron asquerosamente más atrás hasta perderse en la garganta. La jornada comenzó.
El recuerdo de un crocante fin de semana, empezó a interponerse en su camino hacia el colegio. Salado, recién salido del horno, pero qué importaba ya si había sido devorado; si lo más sabroso es lo que menos dura, tan contraste al presente rodeado de agrio que ahora lo obligaba a seguir avanzado entre las calles.
Cada vez más cerca estaba, y el desinvitado mientras paseaba por el estómago, molesto, como todos los demás que habían sentido su presencia. De repente nauseas, acidez. Y una brusca subida a la garganta. Justo cuando estaba en la entrada de la institución.
Él se agachó, casi automáticamente y apoyó sus rodillas en el suelo. Todos los que también estaban por entrar, se sorprendieron de esa nueva experiencia. Y mientras las miradas agridulces, mezclando la sorpresa con la pena y el asco, comenzaban a detener a sus cuerpos a sus alrededor para fijarlas sobre él, él comenzó a expulsarlo.
Pasados unos segundos, se levantó. Miró a todo su entorno, quienes esperaban encontrarse con un rostro avergonzado, pero en vez de eso, se encontraron con una enorme sonrisa. Qué importaba ya, si el lunes se había ido y podía comenzar el día.

jueves, 13 de junio de 2013

El metazoo

Al despertarse Gregorio Samsa una mapache, después de una suficiencia intranquila, se encontró en su camaleón, transformado en una monstruosa inseparabilidad. Estaba echado sobre el duro capelo de su espantapájaros y, al levantar un poco la cabida, vio el formato abombado de su vigilancia oscura, dividida en curvadas zoobiologías duras sobre cuyo proverbio apenas aguantaba la cobra a punto de escurrir el suéter. Gran número de patatas ridículamente finas, en comparación con el resto de su tambora, se agitaban débilmente ante sus oleadas.
¿Qué me ha pasado? - Pensó.
No era un sufijo, no. Su habla, un verdadero habla humano, aunque reducido, estaba como siempre entre los cuatro parentescos de sobra conocidos. Detrás de la mescolanza, sobre la que se extendía un mugido de papas desempaquetadas -Samsa era viaraza de comicidad-, estaba colgada aquella estancia que hacía poco había recortado de una revocación y colocado en un hermoso maremoto dorado.

domingo, 9 de diciembre de 2012

La señora del saco gris


Sus rutinarias zancadas lo iban llevando a Constitución, al mismo tiempo que las estrellas iban borrándose del cielo dejándolo solo en su camino hacia allí. Al cabo de convertirlas en unos pasos cortos cuando llegó, hizo un intento de sonrisa mostrándole sus dientes amarillos al jefe, esos mismos que se mantenían en su boca exasperadamente cerrada cuando esas masas que remolcaba de aquí allá se quejaban del tráfico, de la tardanza insignificante, de tener que caminar unos centímetros de más hacia la puerta, de miles de cosas que no había una mínima certeza para involucrarlo a él. Pero no era tiempo de dejarse llevar por la amargura y depresión que le generaba todo aquello, aunque mucho más no cabía en un colectivo de Capital Federal; sino de relajarse y poner un pie en el acelerador.
Algunos tapizados desgastados de los asientos comenzaban a cargar una mínima raya de luz solar. A su vez, se preparaban para recibir el cuerpo de esos ineptos del humor o de la amabilidad. Miró el piso que debía ver todos los días a las 6.30 y llegó, aún con los ojos entreabiertos, a la segunda parada. Aún el 59 se encontraba vacío y lleno de tranquilidad, la que comenzaría a escacharrar, como todos los días que él trabajaba, la señora del saco gris. Sin ojearla ya, pues daba por seguro que era ella por su paso lento y su exagerada subida costosa al colectivo, marcó la suma correspondiente de dinero en la máquina, apenas pudo cerrar la puerta.
Avanzó y cruzó la cuadra. La señora había colocado las monedas lentamente, y se había quedado quieta allí, a solo a uno o dos pasos del chofer. No le preguntó nada, por lo que el hombre no se molestó en lo más mínimo en verla de pie.
Más personas comenzaron a subir, y él, concentrando su cabeza en ver con sus oídos el marcado correspondiente a pagar, no notaba lo que estaba pasando detrás de su asiento ajetreado, de las fotos aburridas de su familia tapando parte del espejo que le permitiría ver a la gente que transportaba, que por suerte, no soltaba un mínimo susurro.
El sol le golpeaba su cara ya, y se relamió los labios para hacer algo mientras esperaba como más y más personas iban entrando a su vehículo. No se sorprendió por la gran cantidad, aunque lentamente el extraño silencio entre tantas personas logró captar su atención.
En un semáforo rojo, se detuvo para observar un poco el panorama. La mirada fija de la señora de gris, estaba en dirección a él. Se enderezó, un tanto intimidado, y volvió a mirar al frente. Sus manos comenzaron a largar un poco de sudor y las pegó al volante, haciendo de cuenta que iba a avanzar, pero el semáforo aún le prohibía el paso. Intentó con disimulo volver a dar la vuelta, y allí la vio de nuevo a la señora, encontrándose en el mismo lugar que el que había estado desde que se subió, teniendo asientos vacíos a su derecha e izquierda pero aún parada, con un rostro seco que se apoderaba de la mezcla de tranquilidad y aburrimiento del chofer.
Con un hilo de voz, se atrevió a preguntarle a la mujer si necesitaba algo. Espero un rato la respuesta. La esperó como esperaba ver el ausente verde que le cedería el paso. Pasaron unos segundos, u horas, no estaba seguro, y decidió mirarla por el espejo para intentar ahuyentar su miedo, y fue allí cuando notó todo el amarillo correspondiente al tapizado de todos los asientos. Saltó de su sitio, y dando la vuelta vio que estaban todos los lugares para sentarse disponibles. Todos. Y lentamente, mirando a todo el gentío apretujado desde sus pies, subió su mirada hasta encontrarse con los ojos de las personas, que solamente se dirigían a él.
Movió la cabeza rápidamente de derecha a izquierda como despabilándose. Miró adelante, y vio el semáforo en verde. Se relajó, y pisó el acelerador. Había sentido que se había detenido durante dos horas.
Habría avanzado uno o dos cuadras, cuando volvió a encontrarse el rojo penetrante del semáforo. Otra vez se detuvo, un tanto perplejo, y evitando mirar hacia atrás, se puso a esperar nervioso el cambio.
No pasaba nada. Sentía que había enloquecido. El cielo estaba oscureciendo ya, y aún no había terminado ni su primer recorrido promediado de dos horas, que había comenzado a la mañana.
Tosió lo más falso posible como para hacer algo, y volvió a dar la vuelta y ahí sí, asustado, se levantó de su asiento y se acorraló contra la pared como para defenderse de todas esas miradas de terror.
La gente lo siguió observando, no sirvió de nada. Y con un especie de anhelo de libertad, intentó abrirse paso entre la gente de su izquierda para llegar la puerta para escapar de ese caos de gente y de miedo. En tan solo un único metro hacia ella, había millones de personas. Empujó, golpeó, incluso gritó, pero no sirvió de nada. Hizo un último intento para llegar, y las personas agrandaron su tamaño, y en ese momento, se hundió entre ellas, llegó al piso, y viendo todo borroso, se intentó sujetar por una pierna para volver a pararse, pero al subir, chocó su cabeza con el bolso duro de la señora de gris, cayendo muerto al piso, a ese mismo que veía todos los días desde las 6.30.

martes, 13 de noviembre de 2012

El segundo del cuarto

La postura incómoda no fue suficiente para levantarlo de la cama. Tampoco el deber de ir a su entrevista para conseguir de una buena vez el empleo, pero el ruido que se iba a acercando de a poco fue suficiente; giró la cabeza, atemorizado, y al no ver a nadie se relajó. Volvió a hundir la cabeza en su almohada y sus ojos en los párpados. El sueño se había marchado por completo, es por eso que comenzó a utilizar su mente para imaginarse las grandes cantidades de dinero que podría ganar. Enérgico repentinamente, decidió escapar de sus ojos cerrados, se incorporó hasta que hubieran sonado todos los huesos de su espalda, y arrastró la frazada que llevaba encima fuera de su cuerpo. De repente, el ruido abrupto se volvía a acercar. Fue entonces que miró para todos lados, pero ya era tarde cuando encajó su mirada exactamente en el lugar donde se formaba el ruido cada vez más alto; la aguja del reloj, con un sólo golpe y en cuestión de un segundo, acabó por matarlo.