miércoles, 20 de noviembre de 2013

La demora mata

Él, que se preocupa si su pelo concuerda con su cara, que se acurruca a su lado cuando el viento cálido no sopla y el viento frío cruza el océano. Él, con sus rizos negros imparables liberados por un gorro de lana que solía encarcelarlos. Él, que haría lo que fuera por su amada. Él, que después de un tiempo se dio cuenta de lo mucho que le importaba, pero ya muy tarde era, tan tarde era.
                                                                       Violeta Goldfeder  (20/11/2013)

Rutina

Con su saco y su portafolio, limpio y listo para su aventura matutina, atravesó el enorme rectángulo de madera y salió. Como todas las mañanas, observó su reloj, siempre un minuto adelantado, marcaba las seis y un minuto.Entró a la máquina de metal, cargada de personas, fabricadora de dinero y humo, conducidas por un cerebro y parada sobre el cemento. Depositó 4 monedas infinitas hasta que un pedazo de papel fue expulsado. Se sentó en una masa uniforme de plástico, pensó sobre cual movimiento fue el que tuvo que generar el motor para su traslado. "Corrientes" se leía en el cartel. Arriba, abajo, así de simple fue llegar. Abajo, arriba, así de difícil volver.

   
                                                  Violeta Goldfeder (20/11/2013)

Hojuela

                                                                 
Cae velozmente, pesada, sin tiempo.  Rompe esa barrera e inmediatamente  sus pequeños brazos  la contienen, la anidan, la protegen de éste que primero  le permite dejarse llevar, pero después la traiciona, la amarra, la hace propia. “Si sólo  hubiera sido más lista…” se repite una y otra vez.  

No deseo tu muerte, es demasiado hermosa.

Ojalá que los ojos se te salgan y te corten con una tijera las finas venas que los sostienen. Me encantaría que tu cuarto se llene de abejas por dejar la puerta abierta, deseo que tu mano se rompa en tu pico de inspiración, no, mejor ambas por si te pica la nariz, así no podrás rascarte. Espero que, cuando en verano todos jueguen, te quedes en casa con las cortinas cerradas.
 Aspiro que, cuando abras la heladera a las 3:00 de la mañana lo único que haya sea leche podrida.
Me gustaría que esa cara cara de felicidad al mirarla desaparezca y ella, cuando le preguntes "qué pasa?", revolee los ojos hacia atrás.
Espero que vuelvas a mi, pero ese sería un castigo insoportable, que no podría desearte.
                                                                                     Violeta Goldfeder (20/11/2013)

domingo, 17 de noviembre de 2013

Bordeau

Primero una, después otra y así hasta que se va pintando de algo que no es, de algo inalcanzable, de algo que quiere ser. Vacila, no sabe si sacárselo o no, el color es un poco fuerte, pero es el único que tiene. Espera a que se seque y se da la segunda mano, ahora más decidido roza el principio del final.

jueves, 14 de noviembre de 2013

A vista de los presentes

¡Qué agravio! ¡Qué desparpajo! ¡Qué sinvergüenza!
En mi mano tenía cargada una cachetada que no quiso gritar. Por piedad a la bella velada me dije "no vale la pena", pero continuó con todo esa palabrería saliendo de su cara insulsa, que se lave con jabón por boca sucia. Y sin querer una espuma espesa comenzó a emanar de su lengua reventada, chorreando sobre la blusa e impregnándola con su tinte níveo azucarado. Toda la blancura se me hizo lienzo y con fósforos de la ira encendí el retrato de la injuria, una marca de nacimiento en los labios, y el beso de buenas noches apestado en pesadillas. La mueca del niño, que en sus brazos lleva una tarde noche de verano con el secreto viejo y ámbar de su madre como un asco incauto. Toda esa tradición inventada tiempo atrás, que ahora en mis manos olvidaderas, comienza a desvanecerse.

Proletarios


Proletarios.
Almas no-dueñas de su propio imaginar.

Un fuego de color dispara penumbras ciegas. Penumbras que dejan entrever la silueta de los proletarios angustiados, mudos, sombríos.

Desespera la trivialidad. Inmundicia de lo cotidiano. Las moras estalladas contra la vereda. Moras. Sangrantes moras. Sangrante soñar de los proletarios del imaginario en la hermosura de la obscuridad,
donde lo más bello aflora,
allí,
(para no ser visto).

domingo, 10 de noviembre de 2013

Des-hechos

    Lo compro, lo uso, lo tiro; lo compro, lo uso, lo tiro; consumo. Gastos y compulsión. ¿Y a dónde va? ¿Y a dónde voy? ¿Y a dónde vamos? A la basura
    El producto cae de una mano en otra mano, se va modificando, es alterado genética y químicamente, amasado con las tenazas del más frío metal, comprimido, plastificado, embolsado, intercambiado, desenvuelto, despedazado, digerido, tirado, rescatado, redigerido. ¿Y en qué quedamos? ¿Con qué nos quedamos?
    Una sed insaciable que pide más y más, cuando los labios resecos y agrietados de nuestro vecino piden tan poco. Y ni una gota llegará a ellos, porque primero debemos hidratar hasta la última espina del cactus de nuestro jardín. Si es que algo queda luego de haber limpiado los alimentos, los pisos, los cuerpos, quizás ellos puedan darle provecho, de seguro lo harán, y si no lo logran... ¿qué me importa?
    Esto no me sirve, esto tampoco, esto ni siquiera sé para que lo compré, ¡al tacho! Arrugo, aplasto y si no entra dame otra bolsa. Camión, petróleo y gases, un poco más o un poco menos, si total todos hacemos lo mismo, nadie se preocupa ¿no? Crunch, crunch, crunch... todo mezclado, todos adentro. Algunos teniendo que aguantar los olores cuando levantan una tapa para aumentar su proporción y otros teniendo que vivir diariamente con ellos, acostumbrándose, más bien resignándose a una realidad tan sucia como injusta.
    ¿Vos qué pensás hacer? ¿Vas a meter las manos en esto, o te vas a tapar la nariz?
    Yo vivo acá, yo respiro tu ignorancia y mis pulmones están repletos, casi no hay aire, me falta la consideración, un ataque, me duele y no me escuchan, porque la salud está lejos, porque yo de vos estoy lejos. Y vos tenés todo cerca, todo a mano, porque hasta yo estoy en tus manos, y me estás soltando.

jueves, 10 de octubre de 2013

Frutas Secas

No había viento ni pan ni papel alrededor. No había soplo contenido ni veraniegas pisadas en sábanas caladas. Ni pantuflas ni almohadas ni camisones. Había puro y rico sueño. Y un aura verde agua dorada se aproximó bailando contoneando susurrando sobre las pieles, carnes estremecidas en punta de gallina y pelos felices. Todos la sintieron bajar y meterse por entre las piernas ronroneando calurosamente. Todos se sonrieron con la tibieza en las rodillas y las palmas cristalizadas. Había colores recónditos en las yemas de los dedos. Había sonidos inusitados.
Tal cual se  d e s p r e n d i e r o n  las pieles secas de víboras mudando y con la quijada hundida  q u e b r á r o n s e  los brotes de cerezo,  e s c a s e a r o n  los perdidos mechones y pelusitas, las chauchas y crujidos se  r e p l i c a r o n  en la dulce oscuridad y la noche abierta como nuez resquebrajada dio bienvenida a las semillas y carozos de infancias.
Ay, dolió un poco porque nadie lo esperaba, como un pinchacito tierno e inocuo, una mordedura viva y coleante pero nimia e ingenua; Si la sorpresa quiere a veces ser traviesa o quizás aplastarse debajo de la cama o de las hamacas entre entristecida y atemorizada, y si no volvemos a este patio luego de la primavera, es porque ya queremos crecer o preferimos creer en nada.

Las Niñas

     Con todo el amor del mundo, con dolor, pero con deleite, las degolló, una por una. Fue una labor en seco. La luz brillaba sobre las cabezas muertas simulando un Sol eléctrico y amarillo. Pobres. Niñas. Ni un sonido más que la columna vertebral quebrándose, dándole paso al filo.
     Una vez pasada la tristeza inicial, el regocijo brilló en su cara con una sonrisa hambrienta. Tomó las cabezas aún con color desde el cuello, las dio vuelta y las ensartó, colgando cuidadosamente una a una en la más oscura catacumba. Una mazmorra negra, ligeramente húmeda, donde corría el viento más helado que alguna vez haya soplado desde las gargantas del cielo. Antes de cerrar las puertas, -"Voy a verlas a diario" -se prometió.
     Los cadáveres, minuto a minuto, comenzaron a perder su intenso color habitual, y tornaron a un marrón opaco y apagado, a veces rojizo. Cada vez que las visitaba, se frotaba las manos impaciente. Cada vez estaban más listas, hasta que un día...
     Con la misma hoja con que las había asesinado, rebanó un trozo de rostro y lo hizo mil pedazos. Lo olió, lo frotó entre sus dedos y se los metió en la boca para degustar su espera. No logró contener su alegría. Su crimen había valido la pena, era exactamente como venía deseando que fuese. Era hora. Tomó el picadillo de lo que alguna vez fue una de sus niñas, lenta y parsimoniosamente lo hizo arder, y sonrió.