Alan se calzó las botas, abandonó su
paraguas roto en una esquina y comenzó a caminar. Se resignó a la
idea de que no era impermeable pero tarde o temprano se secaría.
Comenzó a dar grandes pasos y luego a saltar para evitar los charcos
pero el agua bajo sus pies era cada vez mas abundante. Pasó de ser
un vasto espejo que podía albergar a las ineludibles nubes grises, a
recibir la sublime proyección nocturna con todos sus astros. Aquel
charco se había convertido en un bestial obstáculo que reflejaba
enteramente a la Luna, y él estaba decidido a cruzarlo. La mitad de
su torso estaba sumergido y el resto totalmente mojado, adentró su
cabeza para ver que era lo que pisaba pero las aguas lo succionaron
antes de que pudiese abrir los ojos, sintió como el oxigeno se
desvanecía en forma de burbujas, fue digerido y finalmente escupido
de vuelta al suelo, pero ya no estaba en la Tierra, se encontraba
mucho mas lejos, fuera de la atmósfera,
había pisado la superficie lunar.
lunes, 21 de enero de 2013
domingo, 9 de diciembre de 2012
La señora del saco gris
Sus rutinarias
zancadas lo iban llevando a Constitución, al mismo tiempo que las estrellas
iban borrándose del cielo dejándolo solo en su camino hacia allí. Al cabo de
convertirlas en unos pasos cortos cuando llegó, hizo un intento de sonrisa mostrándole
sus dientes amarillos al jefe, esos mismos que se mantenían en su boca exasperadamente
cerrada cuando esas masas que remolcaba de aquí allá se quejaban del tráfico, de
la tardanza insignificante, de tener que caminar unos centímetros de más hacia
la puerta, de miles de cosas que no había una mínima certeza para involucrarlo
a él. Pero no era tiempo de dejarse llevar por la amargura y depresión que le
generaba todo aquello, aunque mucho más no cabía en un colectivo de Capital
Federal; sino de relajarse y poner un pie en el acelerador.
Algunos
tapizados desgastados de los asientos comenzaban a cargar una mínima raya de
luz solar. A su vez, se preparaban para recibir el cuerpo de esos ineptos del
humor o de la amabilidad. Miró el piso que debía ver todos los días a las 6.30 y
llegó, aún con los ojos entreabiertos, a la segunda parada. Aún el 59 se
encontraba vacío y lleno de tranquilidad, la que comenzaría a escacharrar, como
todos los días que él trabajaba, la señora del saco gris. Sin ojearla ya, pues daba
por seguro que era ella por su paso lento y su exagerada subida costosa al
colectivo, marcó la suma correspondiente de dinero en la máquina, apenas pudo
cerrar la puerta.
Avanzó
y cruzó la cuadra. La señora había colocado las monedas lentamente, y se había
quedado quieta allí, a solo a uno o dos pasos del chofer. No le preguntó nada,
por lo que el hombre no se molestó en lo más mínimo en verla de pie.
Más
personas comenzaron a subir, y él, concentrando su cabeza en ver con sus oídos
el marcado correspondiente a pagar, no notaba lo que estaba pasando detrás de
su asiento ajetreado, de las fotos aburridas de su familia tapando parte del
espejo que le permitiría ver a la gente que transportaba, que por suerte, no
soltaba un mínimo susurro.
El sol
le golpeaba su cara ya, y se relamió los labios para hacer algo mientras
esperaba como más y más personas iban entrando a su vehículo. No se sorprendió
por la gran cantidad, aunque lentamente el extraño silencio entre tantas
personas logró captar su atención.
En un
semáforo rojo, se detuvo para observar un poco el panorama. La mirada fija de
la señora de gris, estaba en dirección a él. Se enderezó, un tanto intimidado,
y volvió a mirar al frente. Sus manos comenzaron a largar un poco de sudor y
las pegó al volante, haciendo de cuenta que iba a avanzar, pero el semáforo aún
le prohibía el paso. Intentó con disimulo volver a dar la vuelta, y allí la vio
de nuevo a la señora, encontrándose en el mismo lugar que el que había estado
desde que se subió, teniendo asientos vacíos a su derecha e izquierda pero aún parada,
con un rostro seco que se apoderaba de la mezcla de tranquilidad y aburrimiento
del chofer.
Con un hilo
de voz, se atrevió a preguntarle a la mujer si necesitaba algo. Espero un rato
la respuesta. La esperó como esperaba ver el ausente verde que le cedería el
paso. Pasaron unos segundos, u horas, no estaba seguro, y decidió mirarla por
el espejo para intentar ahuyentar su miedo, y fue allí cuando notó todo el amarillo
correspondiente al tapizado de todos los asientos. Saltó de su sitio, y dando
la vuelta vio que estaban todos los lugares para sentarse disponibles. Todos. Y
lentamente, mirando a todo el gentío apretujado desde sus pies, subió su mirada
hasta encontrarse con los ojos de las personas, que solamente se dirigían a él.
Movió
la cabeza rápidamente de derecha a izquierda como despabilándose. Miró
adelante, y vio el semáforo en verde. Se relajó, y pisó el acelerador. Había
sentido que se había detenido durante dos horas.
Habría
avanzado uno o dos cuadras, cuando volvió a encontrarse el rojo penetrante del
semáforo. Otra vez se detuvo, un tanto perplejo, y evitando mirar hacia atrás,
se puso a esperar nervioso el cambio.
No
pasaba nada. Sentía que había enloquecido. El cielo estaba oscureciendo ya, y
aún no había terminado ni su primer recorrido promediado de dos horas, que
había comenzado a la mañana.
Tosió
lo más falso posible como para hacer algo, y volvió a dar la vuelta y ahí sí,
asustado, se levantó de su asiento y se acorraló contra la pared como para
defenderse de todas esas miradas de terror.
La
gente lo siguió observando, no sirvió de nada. Y con un especie de anhelo de
libertad, intentó abrirse paso entre la gente de su izquierda para llegar la
puerta para escapar de ese caos de gente y de miedo. En tan solo un único metro
hacia ella, había millones de personas. Empujó, golpeó, incluso gritó, pero no
sirvió de nada. Hizo un último intento para llegar, y las personas agrandaron
su tamaño, y en ese momento, se hundió entre ellas, llegó al piso, y viendo todo
borroso, se intentó sujetar por una pierna para volver a pararse, pero al
subir, chocó su cabeza con el bolso duro de la señora de gris, cayendo muerto al
piso, a ese mismo que veía todos los días desde las 6.30.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Casa mental.
Perdida en mi manzana, en mi cabeza, en mi conciencia. Rogando que me oigan, que me quieran, que me salven. Subo escaleras, las recorro y luego bajo. Abro puertas, las golpeo y no me encuentro.
La nostalgia aparece por la ventana, y la melancolía toca el timbre.
Suaves gotas caen, casi llovizna, pero la cáscara de la manzana me protege. ¿Será que no está tan mal estar acá? ¿O la locura no me deja abrir los ojos?
Veo un bosque, pero no es verde, ¿acaso los vidrios me impiden ver color? Todo se vuelve gris.
Oigo ruidos, creo que es la batalla entre el comienzo y el final.
Ahora escucho un leve canto, debe ser un pecado que intenta seducirme.
A lo mejor será peor no dormirme por temor. Prefiero el sueño, porque en ellos yo decido como un dios.
La nostalgia aparece por la ventana, y la melancolía toca el timbre.
Suaves gotas caen, casi llovizna, pero la cáscara de la manzana me protege. ¿Será que no está tan mal estar acá? ¿O la locura no me deja abrir los ojos?
Veo un bosque, pero no es verde, ¿acaso los vidrios me impiden ver color? Todo se vuelve gris.
Oigo ruidos, creo que es la batalla entre el comienzo y el final.
Ahora escucho un leve canto, debe ser un pecado que intenta seducirme.
A lo mejor será peor no dormirme por temor. Prefiero el sueño, porque en ellos yo decido como un dios.
martes, 13 de noviembre de 2012
El segundo del cuarto
La postura incómoda no fue suficiente para levantarlo de la cama. Tampoco el deber de ir a su entrevista para conseguir de una buena vez el empleo, pero el ruido que se iba a acercando de a poco fue suficiente; giró la cabeza, atemorizado, y al no ver a nadie se relajó. Volvió a hundir la cabeza en su almohada y sus ojos en los párpados. El sueño se había marchado por completo, es por eso que comenzó a utilizar su mente para imaginarse las grandes cantidades de dinero que podría ganar. Enérgico repentinamente, decidió escapar de sus ojos cerrados, se incorporó hasta que hubieran sonado todos los huesos de su espalda, y arrastró la frazada que llevaba encima fuera de su cuerpo. De repente, el ruido abrupto se volvía a acercar. Fue entonces que miró para todos lados, pero ya era tarde cuando encajó su mirada exactamente en el lugar donde se formaba el ruido cada vez más alto; la aguja del reloj, con un sólo golpe y en cuestión de un segundo, acabó por matarlo.
jueves, 6 de septiembre de 2012
"Tres mujeres tejen una manta que llevarán a la orilla del río"
Tres, golpeando percuten enérgicas a vista de todos, a vista del sol. Sienten porque son
mujeres, porque son lo que serán, tienen ahínco en su ritmo de soledad.
Tejen el día, tejen la luz. Bailan para nadie y corren como el caudal, que se
una su corazón. Que sigan sintiendo. Haciendo vibrar, exaltando la sutil claridad.
Manta de aire eleva cabellos, tira hacia arriba, confunde los espíritus
que ensueñan la tierra; no pueden levantar sus cabezas y se
llevarán a la boca un bostezo. Viaja por toda la gente, llega veloz
a una de ellas. Y se desata la lucha, el poder es profuso y la fuerza se mantiene estable.
La podrán desalojar cuando se acabe, pero no antes del tiempo necesario. Finalmente, recorre la
orilla del parche y se va volando, a someter a otras personas con su suspiro.
Del sol que ya se oculta, las mujeres se despiden. Siendo las que eran aunque a sus pies se haya secado el
Río.
mujeres, porque son lo que serán, tienen ahínco en su ritmo de soledad.
Tejen el día, tejen la luz. Bailan para nadie y corren como el caudal, que se
una su corazón. Que sigan sintiendo. Haciendo vibrar, exaltando la sutil claridad.
Manta de aire eleva cabellos, tira hacia arriba, confunde los espíritus
que ensueñan la tierra; no pueden levantar sus cabezas y se
llevarán a la boca un bostezo. Viaja por toda la gente, llega veloz
a una de ellas. Y se desata la lucha, el poder es profuso y la fuerza se mantiene estable.
La podrán desalojar cuando se acabe, pero no antes del tiempo necesario. Finalmente, recorre la
orilla del parche y se va volando, a someter a otras personas con su suspiro.
Del sol que ya se oculta, las mujeres se despiden. Siendo las que eran aunque a sus pies se haya secado el
Río.
jueves, 16 de agosto de 2012
La partecita de cualquier líquido.
Se quita la ropa, el vapor empieza a hacer imposible mirarse al sistema constituido por una superficie lisa y pulimentada en la que se reflejan los rayos luminosos.
Al meterse bajo el agua nota que el nivel térmico no es el adecuado y cierra un poco el grifo que regula el frío.
Una vez adaptado el cuerpo al líquido formado por la combinación de un volumen de oxígeno y dos de hidrógeno, toma la loción para lavar el cabello y la revuelve en su cabellera. La espuma invade su cabeza y una gota revoltosa cae en uno de sus ojos casi negros. Ardor extremo.
Luego de quitarse la loción, llena su cabeza de acondicionador, suave y patinoso, mientras aprovecha para jabonar el objeto que, por su elasticidad, porosidad y suavidad, sirve como utensilio de limpieza.
Al terminar de enjabonarse el cuerpo, se quita la crema de enjuague y la pasta resultante de la combinación química de un álcali con los ácidos grasos, soluble en agua, que sirve comúnmente para lavar.
Cierra la llave que sirve para cerrar o dar salida a líquidos con sus manos arrugadas por el tiempo bajo el agua. Se escurre el cuerpo y toma el lienzo para secarse que salva, que la protege de la sensación experimentada por el organismo cuando su temperatura es mucho más elevada a la de otro cuerpo que le roba calor.
Sale de la pila que sirve para bañarse y con la mano intenta limpiar el húmedo espejo. Se mira y lo único que logra ver es el maquillaje corrido, corrido como si hubiera derramado lágrimas durante muchos intervalos de tiempo equivalentes a una veinticuatroava parte del día.
Al meterse bajo el agua nota que el nivel térmico no es el adecuado y cierra un poco el grifo que regula el frío.
Una vez adaptado el cuerpo al líquido formado por la combinación de un volumen de oxígeno y dos de hidrógeno, toma la loción para lavar el cabello y la revuelve en su cabellera. La espuma invade su cabeza y una gota revoltosa cae en uno de sus ojos casi negros. Ardor extremo.
Luego de quitarse la loción, llena su cabeza de acondicionador, suave y patinoso, mientras aprovecha para jabonar el objeto que, por su elasticidad, porosidad y suavidad, sirve como utensilio de limpieza.
Al terminar de enjabonarse el cuerpo, se quita la crema de enjuague y la pasta resultante de la combinación química de un álcali con los ácidos grasos, soluble en agua, que sirve comúnmente para lavar.
Cierra la llave que sirve para cerrar o dar salida a líquidos con sus manos arrugadas por el tiempo bajo el agua. Se escurre el cuerpo y toma el lienzo para secarse que salva, que la protege de la sensación experimentada por el organismo cuando su temperatura es mucho más elevada a la de otro cuerpo que le roba calor.
Sale de la pila que sirve para bañarse y con la mano intenta limpiar el húmedo espejo. Se mira y lo único que logra ver es el maquillaje corrido, corrido como si hubiera derramado lágrimas durante muchos intervalos de tiempo equivalentes a una veinticuatroava parte del día.
jueves, 9 de agosto de 2012
Delirio.
daguerrotipo
Álgida bacana colúmpiase chispeante desyugando embravecidamente follajes gnomónicos. Hinca inverecunda jacarandáes klimtianos lindando magmas nonplusultra. ¡Ñiquiñaque! Olfatea pachulí querendona radicando salvajes tenores. ¿Utopía? Vacuos wagon-lit , xenofilia yuppies, ¡zambambo!
jueves, 2 de agosto de 2012
De verano sos
De verano sos.
Que casi cayendo solo
te sin esperanza quiero
por ahí, flotando en aire
es tuyo, mío y de nadie.
Que te miro, sin callarte
me miras, sin hablarme
si no fuera por mi, creí,
me guiñaste un ojo.
Tienes en tu exigencia
que boquita redonda incita,
pena de no tenerte mucho
sentirte propio, cualquiera
tientas sin remota culpa
que venga y pulpa arranque
termine mi desolada aventuria
comience apenas extrañarte.
¡Ah! mi damasco
de pasiones colmadas,
de verano sos.
jueves, 12 de julio de 2012
Rumbos de Vida
Microscópico, sigilosa va.
Trepa que trepa.
Ve los paisajes
mira las horas en agujas de bordar.
Pequeñas fisuras
que nadie quiere arreglar.
Nada corriente arriba
sin otra solución
hacia la esperanza.
Aferrada a ellos,
descubre detalles sin dejar de viajar.
Cuando rendida se detuvo,
entonces se vendió,
se mudó y se dejó llevar.
¿Entonces que?
Entonces continuar,
perdurando en cada lugar
en vez de cambiar sin motivo alguno.
Como enredándose en todo
lo que vio y aprendió de ellos.
Sabe que algo va,
a llevarla lejos,
hacia abajo.Aferrarse
a su incompleta identidad,
sus retazos de fisuras microscópicas,
la broza que no sirve más.
Aprender a dejar algo detrás,
constar que su color debe avanzar,
nunca parar su rumbo
y no dejar
de ir atravesando paredes
hasta chocar,
con el amigo que juega,
con agujas de bordar
de coser arrugas de nostalgia.
Para cruzar la tarde
con los primeros paisajes
para luego hundirse
en la soledad de comprenderse
y sentirse vieja.
Y a la vez, sin viajar,
sin cambiar, no estar más.
a partir de: "Soy el oso de los caños, subo por los caños en las horas de silencio, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños" de Discurso del Oso, de Julio Cortázar.
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